"Paz y Bien" - Tu hermano franciscano

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Capuchinos en América

 


Mons. Alejandro Labaka, OFM Cap  (1920 - 1987)

Mons. Alejandro Labaka, obispo capuchino y misionero en Ecuador fue asesinado el 21 de julio de 1987, por miembros de la propia etnia Tagaeri a la que intentaban defender de una inminente aniquilación por parte de las compañías petroleras. Su cuerpo fue atravesado por más de cien lanzadas.

Para el vicepostulador de la causa de beatificación, "este asesinato ha contribuido a un cambio en la teología del martirio en la Iglesia católica. Antes, el mártir era muerto por un ateo o por quien odiaba la fe. La mayoría de los mártires de este siglo han sido muertos no por concepciones religiosas sino por su modo de vivir." El misionero Alfonso Miranda ha recordado las palabras que Juan Pablo II pronunció en la última visita "ad limina" de los obispos ecuatorianos. "El Santo Padre tuvo unas palabras dedicadas a ellos. No les llamó explícitamente mártires, pero en el sentido de sus palabras estaba incluido el martirio.

Dijo que la sangre derramada por Mons. Labaka y por la hermana Inés será causa de florecimiento vocacional en esas tierras". Respecto a la figura de Mons. Alejandro Labaka, el misionero Alfonso Miranda recuerda que "era un vasco tenaz, marcado desde joven por la idea del martirio. Después de haber vivido la guerra civil, su primera misión fue China, en el primer tiempo de la revolución comunista.

Allí conoció la persecución y el destierro. Ya entonces hablaba de la posibilidad de morir por la fe y por los hermanos. Cuando, ya en Ecuador, entró en contacto con los Huaoranis, él sabía que era un grupo guerrero. Siempre le acompañó la idea de dar su vida por el evangelio. Solía decir que ser misionero era arriesgar la vida por el evangelio".

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Padre Bernabé de Larraul (1907 - 1988)

Una vida para contemplar. Donde estuvo -España, Ecuador- dejó una huella de santidad. El Padre Santo, le llamaban; pero él, así mismo, "El Pobrecillo".
Su vida es acción del Espíritu y respuesta generosa.

Hubo un pobrecillo, pequeño de cuerpo, de escondida presencia y suave mirada, llamado Bernabé. "Yo soy un pobrecillo", dijo con esa palabra de verdad con que se puede hablar a las personas que de verdad queremos. Y sin duda que acertaba con la veta genuina de sí mismo. Por eso, cuando, al tiempo de morir, quisimos contar de forma sencilla y llana quién había sido el Padre Bernabé, no se nos ocurrió mejor título que éste: Historia de un pobrecillo.

Y ahora, después de haber acumulado pacientemente todo el material que hemos podido sobre la vida de este humilde servidor de Dios, escribimos una biografía de más recia contextura -no diré que con mejor acierrto- para que la figura de nuestro hermano capuchino pase documentada a la historia. Y titulamos esta obra: Vida del Padre Bernabé de Larraul, víctima de amor ofrecida al Amor Misericordioso. Aquí están los datos, que no se pierdan, porque la vida de un cristiano tan destacado es un tesoro.

Todo el mundo decía que el P. Bernabé era santo, y algunos acotaban: Pero muy anticuado... El P. Bernabé era muy especial; era fuera de serie en sus mortificaciones, imposibles de ocultar a pesar de todos los disimulos; fuera de serie en su entrega a las almas, a los necesitados, a los pobres. Y con todo, ni su altísima mortificación ni su evidente entrega, eran lo más característico suyo. Lo más propio e íntimo del P. Bernabé era su mirada, su dulce mirada de piedad y de amor, que brotaban de la contemplación de un misterio. Podía ser antiguo de ideas y estar desfasado sin la marcha del vendaval que siguió al Concilio; se puede pensar, incluso, que llevaba dentro una tara de infancia que le limitó mucho en su plena expansión psicológica. Pero ¡qué mirada más acogedora, qué sentido de misericordia para entender la vida y el destino humano! ¡Qué sintonía más vibrante para el dolor humano, para entrar en comunión con las personas sencillas y pobres! Ése era su terreno, porque ése era él: un pobrecito del Señor Jesús.

El P. Bernabé es un signo parpadeante del amor de Dios. Acaso nada más..., y por gracia ¡nada menos! Para mostrarlo hemos ido desmenuzando con paciencia la vida del P. Bernabé, año tras año. Podrá pensar el lector que somos demasiado prolijos y seguramente tendrá razón; pero no hemos querido perder nada, y no hemos sabido hacer mejor la síntesis. Quede esta vida, repito, como tesoro para el archivo vivo de la Iglesia.


 

 

 

 

 

 

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